Otra vez, el Eternauta - Hiroshima (2ª Parte) (por Oesterheld & Solano López)

Los soldados de la batería antiaérea miran hacia B-San.
El destello, y ya no ven más.
Los rostros, abrasados por el intensísimo calor, en un instante quedan convertidos en enormes llagas.
Los ojos, vacíos, sólo líquido en las cuencas vacías.
Los soldados de la batería antiaérea. Dieciocho, veinte años de edad.
Nimoto es guarda de tranvía. Acaba de tomar el turno, y aprovecha que el vehículo ya está lleno para ordenar la planilla.
Como el fogonazo de magnesio de un fotógrafo, el súbito destello ilumina todo de pronto.
Hay gritos espantados entre los pasajeros. Nimoto toca la campanilla sin saber por qué. Súbito estruendo de vidrios rotos. Como embestidos de costado por un tren, el tranvía cae violentamente a un lado.
Nimoto ha perdido el sentido. Cuando vuelve en sí, apenas si oye algún gemido.
Está atrapado entre dos hierros retorcidos. El tranvía ha sido aplastado a lo largo. No hay casi sobrevivientes. Son apenas dos o tres los que gimen.
Nimoto trata de soltarse. Debe tener algo roto en la espalda. Duele mucho la cintura; las piernas no le responden casi.
El tranvía –lo que queda del tranvía– está medio sepultado bajo los restos de una casa. Pero Nimoto puede ver la calle.
Ve, así, el humo.
Ve a varios heridos, semidesnudos y llagados, que pasan a la carrera. Tropiezan entre los escombros, pero pasan.
-¡Tasukete! ¡Socorro! –llama Nimoto.
Pero ninguno le hace caso; pasan de largo.
Más humo, aire caliente, fragor de llamas que se vienen.
Nimoto forcejea, pero es inútil; sólo no se soltará nunca.
Más y más humo.
Es el fin.
-¡Tasukete!
Una figura surge de entre el humo.
La figura vacila; por fin, se acerca a Nimoto…
Ya lo ha visto.
Con una mano trata de apartar el hierro que retiene a Nimoto.
Pero nada.
-¡Usa las dos! –grita desesperado Nimoto.
Ahora puede ver bien al otro. Un golpe de viento abrió el humo.
Ahora puede verle la sonrisa débil, como de disculpa, en el rostro chamuscado. Se alza de hombros. No puede hacer nada. Se va. Tiene una mano útil. La otra, quemada, es sólo una masa rojiza.
Nimoto se queda solo.
-¡Tasukete!
Nadie le responde.
Muy pocos de los sobrevivientes del área céntrica recuerdan haber oído la explosión. Sin embargo, los que estaban a más de 10 kilómetros dicen que fue ensordecedora. “La más fuerte que oyeron jamás”.
Por entre los escombros que llenan la calle, Manaka, obrero de una fábrica de colchones, regresa a su casa. Estaba trabajando en el sótano de la fábrica cuando la explosión; consiguió salir, y ahora tiene una rara sensación de culpa al verse tan ileso entre tanta destrucción, entre tantos muertos y heridos.
-¡Mizu, Mizu, Agua! –suplican varias voces entre las ruinas. Pero Manaka no se detiene. Tiene prisa, mucha prisa: debe buscar a su madre, que quedó sola en la casa.
Manaka sabe que hay incendio, sabe que el fuego va para el lado de su casa. Allí está lo que fue su casa, un gran montón de vigas, tablas y mamparas.
A un lado, una mujer desnuda, con el cuerpo todo rojo, ha tenido un vestido floreado y el intenso calor, concentrado en las partes oscuras, le ha estampado en el cuerpo las flores del dibujo… No se le ven los ojos en el rostro desmesuradamente hinchado.
Manaka empieza a trabajar; quizás su madre esté con vida todavía.
-¡Manaka! –alguien lo llama.
Pero la voz muy débil no viene de los escombros.
-¡Manaka!
¿De dónde viene esa voz? Parece tan cerca.
-Manaka…
El corazón de Manaka se detiene.
La mujer… Si, es ella, su madre.
Al momento de la explosión, Hiroshima tenía 250.000 habitantes. Muieron cien mil, hubo otros tantos heridos. La mayor parte de estos heridos, muchos gravísimos, quedaron sin atención. Porque de los 150 médicos que había en la ciudad, murieron cerca de la mitad; casi todos los demás resultaron heridos.
Esto fue lo que multiplicó el horror de Hiroshima. Tantos, tantos quemados, sin atención alguna durante todo un día y una noche y otro día.
Los que murieron en el primer momento sufrieron poco o nada. El calvario fue para los que duraron. Hiroshima, la ciudad de las muertes inenarrables.
-¡Vayámonos, abuela… Vayámonos! –la nuera, con una hijita en brazos que mira indiferente el fuego, trata de apartar a la anciana.
Pero la señora Agaki no se mueve.
-Es gasolina –dijeron algunos al ver la lluvia–. Han regado la ciudad con gasolina y prendieron fuego.
Así explicaban lo que no entendían, aquel fabuloso desastre causado por un solo avión.
El destello, y ya no ven más.
Los rostros, abrasados por el intensísimo calor, en un instante quedan convertidos en enormes llagas.
Los ojos, vacíos, sólo líquido en las cuencas vacías.
Los soldados de la batería antiaérea. Dieciocho, veinte años de edad.
Nimoto es guarda de tranvía. Acaba de tomar el turno, y aprovecha que el vehículo ya está lleno para ordenar la planilla.
Como el fogonazo de magnesio de un fotógrafo, el súbito destello ilumina todo de pronto.
Hay gritos espantados entre los pasajeros. Nimoto toca la campanilla sin saber por qué. Súbito estruendo de vidrios rotos. Como embestidos de costado por un tren, el tranvía cae violentamente a un lado.
Nimoto ha perdido el sentido. Cuando vuelve en sí, apenas si oye algún gemido.
Está atrapado entre dos hierros retorcidos. El tranvía ha sido aplastado a lo largo. No hay casi sobrevivientes. Son apenas dos o tres los que gimen.
Nimoto trata de soltarse. Debe tener algo roto en la espalda. Duele mucho la cintura; las piernas no le responden casi.
El tranvía –lo que queda del tranvía– está medio sepultado bajo los restos de una casa. Pero Nimoto puede ver la calle.
Ve, así, el humo.
Ve a varios heridos, semidesnudos y llagados, que pasan a la carrera. Tropiezan entre los escombros, pero pasan.
-¡Tasukete! ¡Socorro! –llama Nimoto.
Pero ninguno le hace caso; pasan de largo.
Más humo, aire caliente, fragor de llamas que se vienen.
Nimoto forcejea, pero es inútil; sólo no se soltará nunca.
Más y más humo.
Es el fin.
-¡Tasukete!
Una figura surge de entre el humo.
La figura vacila; por fin, se acerca a Nimoto…
Ya lo ha visto.
Con una mano trata de apartar el hierro que retiene a Nimoto.
Pero nada.
-¡Usa las dos! –grita desesperado Nimoto.
Ahora puede ver bien al otro. Un golpe de viento abrió el humo.
Ahora puede verle la sonrisa débil, como de disculpa, en el rostro chamuscado. Se alza de hombros. No puede hacer nada. Se va. Tiene una mano útil. La otra, quemada, es sólo una masa rojiza.
Nimoto se queda solo.
-¡Tasukete!
Nadie le responde.
Muy pocos de los sobrevivientes del área céntrica recuerdan haber oído la explosión. Sin embargo, los que estaban a más de 10 kilómetros dicen que fue ensordecedora. “La más fuerte que oyeron jamás”.
Por entre los escombros que llenan la calle, Manaka, obrero de una fábrica de colchones, regresa a su casa. Estaba trabajando en el sótano de la fábrica cuando la explosión; consiguió salir, y ahora tiene una rara sensación de culpa al verse tan ileso entre tanta destrucción, entre tantos muertos y heridos.
-¡Mizu, Mizu, Agua! –suplican varias voces entre las ruinas. Pero Manaka no se detiene. Tiene prisa, mucha prisa: debe buscar a su madre, que quedó sola en la casa.
Manaka sabe que hay incendio, sabe que el fuego va para el lado de su casa. Allí está lo que fue su casa, un gran montón de vigas, tablas y mamparas.
A un lado, una mujer desnuda, con el cuerpo todo rojo, ha tenido un vestido floreado y el intenso calor, concentrado en las partes oscuras, le ha estampado en el cuerpo las flores del dibujo… No se le ven los ojos en el rostro desmesuradamente hinchado.
Manaka empieza a trabajar; quizás su madre esté con vida todavía.
-¡Manaka! –alguien lo llama.
Pero la voz muy débil no viene de los escombros.
-¡Manaka!
¿De dónde viene esa voz? Parece tan cerca.
-Manaka…
El corazón de Manaka se detiene.
La mujer… Si, es ella, su madre.
Al momento de la explosión, Hiroshima tenía 250.000 habitantes. Muieron cien mil, hubo otros tantos heridos. La mayor parte de estos heridos, muchos gravísimos, quedaron sin atención. Porque de los 150 médicos que había en la ciudad, murieron cerca de la mitad; casi todos los demás resultaron heridos.
Esto fue lo que multiplicó el horror de Hiroshima. Tantos, tantos quemados, sin atención alguna durante todo un día y una noche y otro día.
Los que murieron en el primer momento sufrieron poco o nada. El calvario fue para los que duraron. Hiroshima, la ciudad de las muertes inenarrables.
-¡Vayámonos, abuela… Vayámonos! –la nuera, con una hijita en brazos que mira indiferente el fuego, trata de apartar a la anciana.
Pero la señora Agaki no se mueve.
-Es gasolina –dijeron algunos al ver la lluvia–. Han regado la ciudad con gasolina y prendieron fuego.
Así explicaban lo que no entendían, aquel fabuloso desastre causado por un solo avión.

Silenciosa procesión de heridos, buscando el refugio del río.
Ninguno se queja, a pesar de las quemaduras, de las heridas que siguen sangrando.
Caras que no son caras. Manos que no son manos.
Algunos caen, se dejan morir entre los escombros.
Los demás siguen, el incendio los corre.
El río.
Los salva del fuego, pero la sal del agua es una tortura más.
Cuando suba la marea el agua crecerá.
Muchos de los refugiados se ahogarán.
Tres días después de Hiroshima otro puerto japonés, Nagasaki, sufría el mismo tratamiento. Nueve días después el emperador Hirohito comunicaba a su pueblo que el Japón estaba vencido. Lo cual justificó el empleo de la bomba atómica: las bombas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki habían acortado la guerra quizá en varios meses y en millones de vidas.
Así se justifica Hiroshima. ¿Pero se justifica así el hombre?
Pobre raza de víctimas, el ser humano.
Nadie es culpable.
Nadie es culpable de Hiroshima. Todos fueron víctimas, aún los que lanzaron la bomba.
Nadie es culpable en Nuremberg. Todos fueron víctimas, hasta los que encendieron los hornos.
Nadie es culpable en Hungría. Todos fueron víctimas. Hasta los tanguistas que entraron en Budapest.
Nadie es culpable, todos, todos son víctimas.
Raza de víctimas, la humanidad.
Pobre, patética raza de víctimas, queriendo alcanzar las estrellas.
(FIN)
Publicado en Febrero de 1952 por Oesterheld.
Ninguno se queja, a pesar de las quemaduras, de las heridas que siguen sangrando.
Caras que no son caras. Manos que no son manos.
Algunos caen, se dejan morir entre los escombros.
Los demás siguen, el incendio los corre.
El río.
Los salva del fuego, pero la sal del agua es una tortura más.
Cuando suba la marea el agua crecerá.
Muchos de los refugiados se ahogarán.
Tres días después de Hiroshima otro puerto japonés, Nagasaki, sufría el mismo tratamiento. Nueve días después el emperador Hirohito comunicaba a su pueblo que el Japón estaba vencido. Lo cual justificó el empleo de la bomba atómica: las bombas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki habían acortado la guerra quizá en varios meses y en millones de vidas.
Así se justifica Hiroshima. ¿Pero se justifica así el hombre?
Pobre raza de víctimas, el ser humano.
Nadie es culpable.
Nadie es culpable de Hiroshima. Todos fueron víctimas, aún los que lanzaron la bomba.
Nadie es culpable en Nuremberg. Todos fueron víctimas, hasta los que encendieron los hornos.
Nadie es culpable en Hungría. Todos fueron víctimas. Hasta los tanguistas que entraron en Budapest.
Nadie es culpable, todos, todos son víctimas.
Raza de víctimas, la humanidad.
Pobre, patética raza de víctimas, queriendo alcanzar las estrellas.
(FIN)
Publicado en Febrero de 1952 por Oesterheld.


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