Wing Izquierdo, el enamorado (Ariel Scher)
Fue en el instante en el que dejó atrás a un marcador y levantó la cabeza para lanzar un pelotazo. Entonces la vio: en el tercer escalón de la tribuna norte, estaba ella. A Wing Izquierdo le alcanzó la brevedad mágica de una sola mirada para comprender que todo el aire que había respirado hasta ese segundo de la historia era mucho menos importante que el universo que cabía en los ojos de esa mujer. Se quedó quieto admirándola como a un paisaje perfecto, y sintió que el suelo no lo sostenía cuando ella se apretó la mano en la boca y le sopló un beso. Apenas pudo reaccionar en el momento en que su marcador se le vino encima y le sacó la pelota. Tuvo un parpadeo, bajó la vista y escuchó a un hincha que lo insultaba. Al regresar con los ojos al tercer tablón de la tribuna, ella ya no estaba.
De allí en adelante, ni un milagro hubiera logrado que pensara en otra cosa. Dedicaba cada partido y cada movimiento sobre la punta izquierda a tratar de encontrarla. Con frecuencia, pateaba a propósito afuera y seguía el recorrido de la pelota rogando que volvieran a cruzársele esos ojos. En general, jugaba mal pero, de tanto en tanto, ofrecía una gran actuación para que lo mantuvieran en el equipo y, en consecuencia, poder continuar su búsqueda. Era tan enorme su desesperación que, inclusive, en un clásico rompió todas sus lógicas e hizo un intento por la punta derecha. No había caso. Ella no estaba.
Pero un domingo, ya en plena primavera, Wing Izquierdo fue sin ganas a patear un corner y esos ojos como mundos se le aparecieron de frente ante las pestañas. No hizo nada más. Ni siquiera que ella le soplara un beso. Wing Izquierdo la enfocó con el alma, se olvidó de ese corner, se trepó al alambrado con una fuerza única, flameó hacia la tribuna, atrapó a esa mujer irrepetible y empezó un camino sin regreso. Antes de irse escuchó que la hinchada le gritaba toda junta "Wing Izquierdo, Wing Izquierdo". El se sacó su botín zurdo, lo hizo volar como un regalo en el viento, saludó con dos sonrisas y se esfumó para siempre convertido en un hombre feliz.
Publicado por Ariel Scher en el Diario Clarín el día 8 de Septiembre de 2002.


0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home