24 julio 2005

Vida de Uno de Tantos (Ariel Scher)

El era Uno de Tantos porque había andado el recorrido de tantos y tantos. Unos cuantos años antes, había salido a cruzar la Tierra con un equipaje que también era el de tantos y tantos: una pelota pegada al pie y una vocación de futbolista esplendoroso. De nuevo lo de tantos y tantos: el final de aquel recorrido lo encontró sin resonancia y sin dinero. Sin que un solo centímetro de su piel se hubiera vuelto tapa de revista y sin una dama bien escotada que le mimara la espalda. Otra vez lo de tantos y tantos: ahora Uno de Tantos estaba de vuelta en el lugar desde el que había salido. Y salvo cierto aire de frustración en las pupilas, no tenia nada distinto que cuando partió.
Uno de Tantos se cruzó con mil caras y con ningún afecto cuando apoyó el cuerpo en la estación de ómnibus de su ciudad. Hubiera pagado por detectar que una multitud repetía su nombre, que en diez carteles flameaba la palabra “bienvenido” y que doscientos chicos gritaban “campeón”. No podía hacerlo por tres cosas: para pagar, no tenía plata; para que le tributaran recepciones hubiera hecho falta que alguien quisiera verlo; y para que le dijeran “campeón” debería haberlo sido. De modo que, como tantos y tantos, Uno de Tantos avanzó por las calles únicamente acompañado por sus soledades.
Encontró algunas marcas de su historia en la escuela en la que las maestras le enseñaron el abecedario mientras pensaba en partidos. Pero, en general, Uno de Tantos caminó los sitios de su pasado hasta certificar, igual que tantos de tantos, que el tiempo es un rival que derriba demasiadas cosas.
Esas búsquedas del regreso arrimaron a Uno de Tantos hasta la cancha en la que se hizo jugador. Estaba casi como la había dejado, con dos equipos que trataban de ganar. Un muchacho lo miró rápido, lo vio quieto y le soltó dos palabras: “¿Quiere jugar?”. Uno de Tantos intentó contar los abismos de su existencia, pero balbuceó seis segundos. Fue una vacilación decisiva: para cuando abrió la boca, la pelota ya le bailaba en un pie.
Hizo una buena gambeta y escuchó que esa gambeta generaba una pregunta: “¿Y ese quién es?”, interrogó alguien. Uno de su equipo le respondió como si nada: “Uno de Nosotros”. El escuchó fascinado, pisó la pelota y se animó a otra gambeta. Sabía dos cosas: la primera era que estaba donde quería estar; la segunda, que ya no era uno de los tantos.

Publicado por Ariel Scher en el Diario Clarín el dia 24 de julio de 2005.

21 julio 2005

La Amistad (Juliana B. Accoce)

En un lugar de Oriente, existen dos sabios astrónomos. Son entrañables amigos, y han logrado con paciencia y esfuerzo determinar el día y la hora en que será visible desde el cielo cierto cometa. Han calculado que el fenómeno volverá a repetirse cada medio millón de años. Planean reunirse el día y la hora indicados para admirarlo juntos. El día fijado, uno de los dos se retrasa: su caballo muere en el camino, y no logra llegar a tiempo. Al encontrarse con su amigo le pregunta si ha podido ver el cometa. Éste niega con la cabeza: "No quería comenzar sin tí".

Juliana B. Accoce

19 julio 2005

Las Increíbles Aventuras Del Señor Tijeras (Sui Generis)

Las Increíbles Aventuras Del Señor Tijeras (Sui Generis)
(Letra: Charly García)

Escondido atrás de su escritorio gris
un ser bajo, pequeño, correcto y gentil,
atiende los teléfonos y nunca está,
mira a su secretaria imaginándola
desnuda y en su cama,
y vuelve a trabajar.

Entra en el microcine y toma ubicación
hace gestos y habla sin definición,
se va con la película hasta su hogar,
le da un beso a su esposa y se vuelve a encerrar
a oscuras y en su sala
de cuidar la moral.

Entra ella y se va desvistiendo,
lentamente y casi sonriendo
alta, blanca, algo exuberante,
dice: "Hola" y camina hacia adelante.

Mira al hombre pequeño que se raya
cuando ella sale de la pantalla.
Y el hombre la acuesta sobre la alfombra,
la toca y la besa, pero no la nombra.

Se contiene, suda y después,
con sus tijeras plateadas, recorta su cuerpo,
le corta su pelo, deforma su cara,
y así rutilada la lleva cargada hasta la pantalla
justo a la mañana.

No conozco tu nombre ni se más quien sos,
vi tu nombre en el diario y nadie te vio,
la pantalla que sangra ya nos dice adiós.
Te veré en 20 años en televisión, cortada y aburrida,
a todo color
a todo color
a todo color.

Estrofa censurada:
Yo detesto a la gente que tiene el poder
de decir lo que es bueno y lo que es malo también,
sólo el pueblo, mi amigo, es capaz de entender
los censores de ideas temblarían de horror
ante el hombre libre con su cuerpo al sol.

18 julio 2005

El jugador (Eduardo Galeano)

Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina.
El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.
Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gane, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.
En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:
-Éste no le hace un gol ni con la cancha en bajada.
-¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.
O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta el músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.

Publicado en "El Fútbol a sol y sombra" en agosto de 1995 por Eduardo Galeano.

15 julio 2005

El fútbol (Eduardo Galeano)

La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí. En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía.
Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

Publicado en "El fútbol a sol y sombra" en agosto de 1995 por Eduardo Galeano.

Otra vez, El Eternauta: Hiroshima (1ª Parte) (por Oesterheld y Solano López)


Yo estuve allí. Yo estuve en Hiroshima.
Yo supe lo que iba a pasar. Aunque, desde luego, no pude hacer nada para evitarlo.
No preguntes cómo fue posible, porque no puedo decirte más.
He conocido los abismos del universo todo.
Ninguno tan vertiginoso, tan atrapante como el horror.
El horror de Hiroshima.
Hiroshima, el primer nombre del horror atómico.

Hiroshima, en agosto de 1945, es una ciudad construida sobre un delta. Siete ríos la cruzan. Colinas bajas hacia el este.
Tiene 250.000 habitantes. Típico puerto japonés, muy laborioso, con casi toda la gente viviendo en un área reducida, unos 8 kilómetros cuadrados.
Hiroshima, en agosto de 19845, es una de las pocas ciudades del Japón que ha respetado el "B-San" (El señor B, en japonés; así llama la gente, con árido humor, a los B-29, las superfortalezas que, día a día, arrojan toneladas de bombas sobre las islas). Pero se descuenta que la suerte de Hiroshima no ha de durar. Por eso, el alcalde ha ordenado que franjas de casas sean demolidas, para que el fuego de los incendios no pueda propagarse. Es seguro que habrá incendios cuando venga "B-San". Porque las casas son de madera, con techo de tejas.
También ordenó el alcalde que cada cosa tenga delante un tanque de cemento lleno de agua, para combatir el fuego.
Ya ha quedado establecido: Hiroshima será la capital del imperio si Tokio debe ser evacuado. Los soldados cavan refugios, para resistir hasta lo último. Son los soldados de la 5ª división, la llamada Invencible de Singapur. Cinco mil de ellos están acuartelados en el secular castillo de Chogoku, en el centro de la ciudad.
Hiroshima, en agosto de 1945, sabe que está en guerra, y hace tiempo espera lo peor.
“Porqué B-San nos respetó hasta ahora?", se preguntan las gentes. Y se contestan: "Porque nos reservan algo especial". Aunque Hiroshima, en agosto de 1945, está cansado de oír la alarma antiaérea. Porque las escuadrillas de B-San suelen concentrarse todos los días casi encima de la bahía. Pero B-San no ataca nunca a Hiroshima, siempre la elude; sigue hacia Tokio, hacia Yokohama, hacia cualquier otro objetivo. Pero nunca visita Hiroshima, aunque está allí, en el fondo de la bahía.
Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, a las 7:15 de la mañana, oye, una vez más, la alarma antiaérea. Pero tampoco ahora es la rápida serie de señales que anunciaría un ataque inminente. Es sólo un largo toque de sirena, que -todos lo saben- representa una simple advertencia.
Una simple advertencia como tantas; el radar ha captado aviones en la bahía; las estaciones cumplen su deber anunciando que Hiroshima puede ser bombardeada.
A las 8, se sabe que tampoco esta vez B-San piensa hacer algo contra la ciudad. Sólo tres aviones vienen volando muy alto: una misión de reconocimiento, seguro...
Tan poca importancia se daa aquellos 3 aviones, que en toda Hiroshima se oye ahora la señal de que el peligro ha pasado...
Los tres aviones se abren al volar sobre Hiroshima. Uno de ellos, el del medio, va directamente hacia el centro de la ciudad.
Es el ENOLA GAY.
Y pasará sobre el castillo de Chogoku.
Hiroshima, 6 de agosto de 1945, ocho horas quince minutos...



Miles de ojos miran hacia B-San.
Soldados de las baterías antiaéreas, que retienen el fuego porque saben que a semejante altura los disparos serían inútiles. Chicos en alguna escuela, contentos de tener algo para mirar en lugar del siempre aburrido pizarrón.
Gente en la calle, la que tiene poco apuro, la que puede perder el tiempo mirando el cielo.
Miles de ojos miran a B-San.
Miles de ojos, que están recibiendo las últimas gotas de luz.
Un destello vivísimo. Iluminando el cielo todo.
Miles de ojos, ya ciegos.
El destello sigue; un golpe de calor brutal, inconcebible.
Y en seguida, un manotazo titánico que arrasa con todo.

Mamá Sato pone sobre la mesa cinco tazones de arroz con leche.
Cinco tazones para sus cinco hijos; cinco hijos llenos de risa, porque Mamá Sato siempre les hace chistes. El desayuno es la hora más feliz para Mamá Sato, que trabaja en una fábrica.
El resplandor en la ventana, bañando la habitación con la luz crudísima, insoportable.
-¡Un relámpago! –grita, alborozado uno de los chicos.
-¡No puede ser! –grita otro–. ¡Si no hay tormenta!
Se abalanzan hacia la ventana, para ver, pero no llegan. Una fuerza irresistible los arrebata. Mamá Sato se siente proyectada a través de la pared, queda aturdida, apretada por vigas y tablas. Queda aturdida, pero un grito la hace reaccionar.
-¡Mamá! –Es la vocecita de Tono, el menor.
Enloquecida, Mamá Soto se desembaraza de las tablas. Una viga le ha herido la pierna, pero no hace caso; se sigue debatiendo. Por fin, ya está libre.
No ve a los hijos. Sólo escombros.
-¡Mamá! –Tono debe estar allí, bajo ese tabique roto.
Humo. Olor a madera quemada.
¡Fuego!
Mamá Sato trabaja frenética. Los carbones encendidos de la cocina se han desparramado, han encendido el papel, las astillas; ya las llamas crepitan; ya asoman las lenguas rojizas.
La manito de Tono asoma entre las tablas. Mamá Sato tira de ella. Por fin lo saca. Tono llora. Está lastimado en la cabeza; tiene la ropa hecha jirones, pero Mamá Sato ya lo deja a un lado y sigue removiendo las tablas. De un lado llega ahora el grito desgarrado de Shima, la nena mayor; el fuego debe de estar alcanzándola. Y tres metros más allá hay otro llamado, igualmente angustioso.
-¡Mamá, no doy más, mamá! –Es Saki, el tercero.
¿A quién salvar primero?
Perezoso, el humo se alza en volutas por entre las tablas.
Un sollozo desgarra el pecho de Mamá Sato.
¿A quién salvar primero?
Tira de una viga; debe de estar apretando a los dos. ¿Y los otros? ¿Y Moto? ¿Y Kami? Una bocanada de aire quemante la lanza hacia atrás. El fuego, avivándose de pronto, salta ya, envolviendo a todo el montón de escombros.
-¡Mamá! –No se oye nada más: sólo el rugir del incendio.
Mamá Sato, abrasadas la cara y las manos, debe retroceder.
Tono, llorando, se le prende a las faldas.

(Continuará…)

Publicado en Febrero de 1952 por Oesterheld.