30 mayo 2006

¿Por qué, Señor, has callado cuando todo esto ocurría? (Benedicto XVI)

"¿Por qué, Señor, has callado cuando todo esto ocurría?"
(Benedicto XVI)

28 mayo 2006

The Da Vinci Code (fragment) (4ta Parte)

«Sangreal... Sang Real... San Greal... Sangre Real... Santo Grial.»

Todo estaba relacionado.

«El Santo Grial era María Magdalena... la madre del descendiente de Jesús.»

Ahí de pie en el salón, mirando a Langdon, Sophie se sintió invadida por una nueva oleada de desconcierto. Cuantas más piezas Teabing y Langdon ponían sobre la mesa, más impredecible se volvía aquel rompecabezas.

—Como ves, querida —dijo Teabing acercándose a una librería—, Leonardo no es el único que ha intentado decirle al mundo la verdad sobre el Santo Grial. La descendencia real de Jesucristo la han documentado exhaustivamente muchos historiadores. —Pasó el dedo por una hilera de libros.

Sophie se adelantó un poco y leyó los títulos:

LA REVELACIÓN TEMPLARÍA:

Guardianes secretos de la verdadera identidad de Cristo

LA MUJER DE LA VASIJA DE ALABASTRO:

María Magdalena y el Santo Grial

LA DIOSA EN LOS EVANGELIOS:

En busca del aspecto femenino de lo sagrado

—Y este es tal vez el más conocido de todos —dijo Teabing, sacando del estante un viejo ejemplar de tapa dura y entregándoselo.

EL ENIGMA SAGRADO:

El aclamado best seller internacional.

Sophie alzó la vista.

—¿Un superventas internacional? No había oído nunca hablar de él.

—Era demasiado joven cuando se publicó. La verdad es que en la década de 1980 causó cierto revuelo. Para mi gusto, sus autores incurrieron en algunas interpretaciones criticables de la fe en sus análisis, pero la premisa fundamental es sólida, y a su favor debo decir que lograron acercar al gran público la idea de la descendencia de Cristo.

—¿Y cuál fue la reacción de la Iglesia?

—De indignación, claro. Pero eso ya se esperaba. En el fondo, se trata de un secreto que el Vaticano ya había intentado enterrar en el siglo IV. En parte, esa es la razón de las Cruzadas. Recopilar y destruir información. La amenaza que María Magdalena representaba para los hombres de la Iglesia primitiva era potencialmente de unas proporciones enormes. No sólo era la mujer a quien Jesús había encomendado la tarea de fundar la Iglesia, es que era la prueba física de que la recién proclamada deidad de la Iglesia había engendrado a un descendiente. Y ésta, para defenderse del poder de Magdalena, perpetuó su imagen de prostituta y ocultó las pruebas de su matrimonio con Jesús, restando así credibilidad a la posibilidad de que hubiera tenido descendencia y fuera, por tanto, un profeta mortal.

Sophie miró a Langdon, que asintió una vez más.

—Sophie, las pruebas históricas que avalan todo esto son muy sólidas.

—Reconozco —prosiguió Teabing— que las acusaciones son horrendas, pero debe comprender las poderosas motivaciones de la Iglesia para llevar a cabo una confabulación de esas proporciones. No habrían sobrevivido nunca si se hubiera hecho público que Cristo había tenido descendencia. Un hijo suyo habría minado cualquier idea de divinidad asociada a él y, por tanto, habría sido el fin de la Iglesia cristiana, que proclamaba ser el único vehículo a través del cual la humanidad podía acceder a lo divino y entrar en el Reino de los Cielos.

—La rosa de cinco pétalos —dijo Sophie, señalando el lomo de uno de los libros de Teabing. «La misma que la que hay en la caja de palisandro.»

Teabing miró a Langdon y sonrió.

—Tiene buen ojo —dijo—. Para el Priorato, ese es el símbolo del Grial —añadió, dirigiéndose de nuevo a Sophie—. María Magdalena. Como la Iglesia prohibió su nombre, Magdalena empezó a conocerse a través de seudónimos —el Cáliz, el Santo Grial o la rosa. —Se detuvo un instante—. La rosa está relacionada con la estrella de cinco picos, el pentáculo de Venus, y con la rosa náutica. Por cierto, que la palabra «rosa» en inglés, francés y alemán, entre otras lenguas, es «rose».

—«Rose» —añadió Langdon— es un anagrama de Eros, el dios griego del amor sexual.

Sophie lo miró sorprendida antes de que Teabing siguiera con su exposición.

—La rosa siempre ha sido el símbolo de la sexualidad femenina. En los primitivos cultos a la divinidad femenina, los cinco pétalos representaban los cinco estadios de la vida de la mujer: el nacimiento, la menstruación, el alumbramiento, la menopausia y la muerte. Y en la época moderna, los vínculos de la rosa con la feminidad se consideran de índole más visual. —Miró a Robert—. Tal vez el experto en simbología pueda explicárselo.

Robert dudó un instante que se prolongó demasiado.

—¡Dios mío! ¡Qué mojigatos sois los americanos! —protestó Teabing volviéndose para dirigirse a Sophie—. Lo que a Robert le da vergüenza decir es que el capullo abierto se parece a los genitales femeninos, a la flor sublime por donde la humanidad entra en este mundo. Y si alguna vez ha visto alguna obra de la pintora Georgia O’Keeffe, sabrá exactamente de qué le estoy hablando.

—La cuestión —intervino Langdon acercándose de nuevo a la librería— es que todos estos libros reivindican con fundamento un mismo hecho.

—Que Jesús tuvo un hijo —dijo Sophie, aunque seguía dudando.

—Sí —dijo Teabing—. Y que María Magdalena era el vientre en que se perpetuó su linaje real. El Priorato de Sión, en nuestros días, sigue venerando todavía a María Magdalena como diosa, como Santo Grial, como rosa y como Madre Divina.

En la mente de Sophie volvió a aparecer el ritual del sótano.

—Según la hermandad —prosiguió Teabing—, María Magdalena estaba encinta en el momento de la crucifixión. Para garantizar la seguridad de la hija que nacería, no tuvo otro remedio que huir de Tierra Santa. Con la ayuda del amado tío de Jesús, José de Arimatea, María Magdalena viajó en secreto hasta Francia, conocida entonces como la Galia. Aquí, entre la comunidad judía, halló refugio. Y fue aquí, en Francia, donde dio a luz a su hija, que se llamó Sarah.

Sophie alzó la vista.

—¿Se sabe incluso el nombre de la niña?

—Y bastante más que eso. Las vidas de María Magdalena y de Sarah fueron minuciosamente documentadas por sus protectores judíos. Tenga en cuenta que aquella niña pertenecía al linaje de los reyes de Judea, David y Salomón. Fueron innumerables los estudiosos de esa época que escribieron crónicas sobre los días de María Magdalena en Francia, incluido el episodio del nacimiento de Sarah, y sobre el subsiguiente árbol genealógico.

Sophie no salía de su asombro.

—¿Existe un árbol genealógico de Jesucristo?

—Sí, claro. Y se cree que es una de las piedras angulares de los documentos del Sangreal. Una genealogía completa de los primeros descendientes de Cristo.

—Pero ¿de qué sirve un detallado árbol genealógico de los descendientes de Jesús? Eso no es prueba de nada. Los historiadores no pueden demostrar su autenticidad.

—Tampoco se puede demostrar la autenticidad de la Biblia —replicó Teabing soltando una carcajada.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Quiero decir que la historia la escriben siempre los vencedores. Cuando se produce un choque entre dos culturas, el perdedor es erradicado y el vencedor escribe los libros de historia, libros que cantan las glorias de su causa y denigran al enemigo conquistado. Como dijo Napoleón en cierta ocasión, «¿Qué es la historia sino una fábula consensuada?» —Sonrió—. Dada su naturaleza misma, la historia es siempre un relato unilateral de los hechos.

Sophie nunca se lo había planteado así.

—Los documentos del Sangreal nos cuentan, simplemente, el otro lado de la historia de Cristo. Y al final, escoger con qué lado de la historia nos quedamos se convierte en una cuestión de fe y de exploración personal, pero al menos la información ha sobrevivido. Los documentos del Sangreal contienen decenas de miles de páginas de información. En los relatos que han hecho testigos de primera mano del tesoro del Sangreal, describen que éste se traslada en cuatro enormes arcones. En ellos está contenido lo que se conoce como «Documentos Puristas», miles de páginas de papeles anteriores a la época de Constantino, no manipulados, escritos por los primeros seguidores de Jesús, que lo reverenciaban absolutamente en tanto que maestro y profeta humano. Circulan rumores de que en el tesoro también está incluido el documento «Q» del que hasta el Vaticano admite su existencia. Supuestamente, se trata de un libro con las enseñanzas de Jesús escritas tal vez de su puño y letra.

—¿Escritos del propio Cristo?

—Por supuesto —dijo Teabing—. ¿Por qué no podría Jesús haber llevado un registro de su Ministerio? En aquellos tiempos casi todo el mundo lo hacía. Otro documento explosivo que se cree que forma parte del tesoro es un manuscrito conocido como «Diario de Magdalena». El relato personal de María Magdalena sobre su relación con Jesús, su crucifixión y su estancia en Francia.

Sophie se quedó en silencio un buen rato.

—¿Y estos cuatro arcones con documentos son el tesoro que los Caballeros Templarios encontraron bajo el templo de Salomón?

—Exacto. Los que los convirtieron en una orden tan poderosa.

Los que han sido objeto de tantas búsquedas del Grial a lo largo de toda la historia.

—Pero dice que el Santo Grial es María Magdalena. Si lo que la gente anda buscando son documentos, ¿por qué dice entonces que busca el Santo Grial?

Teabing la miró con expresión más serena.

—Porque el lugar donde se ocultaba el Santo Grial incluía también un sarcófago.

Fuera, una ráfaga de viento ululó entre los árboles.

El tono de Teabing era más pausado.

—La búsqueda del Grial es literalmente el intento de arrodillarse ante los huesos de María Magdalena. Un viaje para orar a los pies de la descastada, de la divinidad femenina perdida.

Sophie abrió mucho los ojos, maravillada.

—¿O sea que el lugar donde se ocultaba el Santo Grial es en realidad... una tumba?

Teabing entornó los ojos color avellana.

—Sí, lo es. Una tumba que contiene los restos de María Magdalena y los documentos que cuentan la verdadera historia de su vida. En el fondo, la búsqueda del Santo Grial siempre ha sido la búsqueda de Magdalena, la reina agraviada, enterrada con las pruebas que demostraban los derechos de su familia a reclamar un puesto de poder.

Sophie aguardó unos momentos mientras Teabing tomaba aliento. De su abuelo había cosas que aún seguía sin entender.

—Así—dijo al fin—, durante todos estos años, ¿los miembros del Priorato han asumido la responsabilidad de proteger los documentos del Sangreal y la tumba de María Magdalena?

—Sí, pero la hermandad tenía también otra misión: proteger a la propia descendencia. El linaje de Cristo ha estado en continuo peligro. La Iglesia primitiva temía que si se permitía que el linaje se perpetuara, el secreto de Jesús y Magdalena acabaría aflorando y desafiando los cimientos de la doctrina católica, que necesitaban de un Mesías divino que no hubiera tenido relaciones sexuales con mujeres ni se hubiera casado. —Hizo una pausa—. Con todo, el linaje de Cristo se perpetuó en secreto en Francia hasta que, en el siglo V, dio un paso osado al emparentar con sangre real francesa, iniciando un linaje conocido como la Casa Merovingia.

Aquello sorprendió aún más a Sophie. Todos los alumnos de las escuelas de su país sabían quiénes eran los merovingios.

—Los merovingios fundaron París.

—Sí, esa es una de las razones por las que la leyenda del Grial es tan rica en Francia. Muchas de las misiones vaticanas para encontrar el Santo Grial eran en realidad búsquedas encubiertas para erradicar a los miembros de la familia real. ¿Ha oído hablar del rey Dagoberto?

Sophie recordaba vagamente aquel nombre de un relato horrendo que le habían contado en clase de historia.

—Era un rey de Francia, ¿no? ¿No es aquel al que apuñalaron en el ojo mientras dormía?

—Exacto. Asesinado por el Vaticano y por Pipino de Heristal, que estaban confabulados. A finales del siglo VII. Con el asesinato de Dagoberto la dinastía merovingia prácticamente desapareció. Por suerte, su hijo, Sigeberto, logró escapar secretamente al ataque y perpetuó el linaje, que más tarde incluyó a Godofredo de Bouillon, fundador del Priorato de Sión.

—El mismo —intervino Langdon— que ordenó a los templarios recuperar los documentos del Sangreal del Templo de Salomón para demostrar los vínculos hereditarios de los merovingios con Jesucristo.

Teabing asintió con convicción.

—El moderno Priorato de Sión tiene una misión trascendental. La suya es una triple responsabilidad. La hermandad debe proteger los documentos del Sangreal. Además, debe hacer lo mismo con la tumba de María Magdalena y, por supuesto, debe nutrir y proteger el linaje de Jesús, es decir a los pocos miembros de la dinastía merovingia que han sobrevivido hasta nuestra época.

Aquellas palabras resonaron en la inmensa sala, y Sophie sintió una extraña vibración, como si en sus huesos resonara una nueva verdad. «Descendientes de Jesús que han sobrevivido hasta nuestra época.» La voz de su abuelo volvió a susurrarle al oído: «Princesa, debo contarte la verdad sobre tu familia.»

Un escalofrío le atravesó la carne.

«Sangre real.»

No se atrevía ni a imaginarlo.

«Princesa Sophie.»

Sophie sentía un vacío en su interior mientras oía el golpeteo cada vez más lejano de las muletas de Teabing contra el suelo del pasillo. Aturdida, se volvió para mirar a Langdon, que negó con la cabeza, como si le estuviera leyendo los pensamientos.

—No, Sophie —le susurró, sin atisbo de duda en la mirada—. Eso mismo fue lo primero que se me ocurrió cuando me dijiste que tu abuelo pertenecía al Priorato y que quería revelarte un secreto sobre tu familia. Pero es imposible. —Hizo una pausa—. Saunière no es un apellido merovingio.

Sophie no sabía si sentirse aliviada o decepcionada. Hacía un rato, curiosamente, Langdon le había preguntado como de pasada cuál era el apellido de soltera de su madre. Chauvel. Ahora entendía por qué lo había hecho.

—¿Y Chauvel? —le preguntó, nerviosa.

Langdon volvió a negar con la cabeza.

—Lo siento. Sé que te habría ayudado a entender algunas cosas sobre tu origen, pero no. Sólo quedan dos líneas directas de merovingios. Sus apellidos son Plantard y Saint-Clair. Ambas familias viven escondidas, probablemente ayudadas por el Priorato.

Sophie repitió mentalmente aquellos apellidos y negó con la cabeza. En su familia no había nadie que se llamara así. De pronto se sintió invadida por un fuerte cansancio. Se dio cuenta de que estaba igual de lejos que en el Louvre de conocer la verdad que su abuelo había querido revelarle. Ojalá la tarde anterior no le hubiera mencionado a la familia. Al hacerlo, le había abierto unas heridas que le hacían tanto daño como siempre. «Están muertos, Sophie. Y no van a volver.» Pensó en su madre, que le cantaba nanas para que se durmiera, en su padre que la cargaba en los hombros, en su abuela y en su hermano menor, que le sonreía con sus alegres ojos verdes. Todo aquello se lo habían robado. Y sólo le había quedado su abuelo.

«Y ahora él tampoco está. Me he quedado sola.»

Sophie se volvió en silencio para contemplar una vez más La última cena y se fijó en el pelo largo y rojizo de María Magdalena, en sus ojos serenos. En su expresión había algo que evocaba la pérdida de un ser querido. La misma que Sophie también sentía.

—¿Robert? —dijo en voz baja.

El se acercó.

—Leigh dice que la historia del Grial está por todas partes, pero esta noche ha sido la primera vez que yo he oído hablar de ella.

Langdon hizo el ademán de ponerle la mano en el hombro para tranquilizarla, pero se contuvo.

—Seguro que la has oído más veces, Sophie. Todos la conocemos. Lo que pasa es que no nos damos cuenta.

—No te entiendo.

—La historia del Grial está en todas partes, pero oculta. Cuando la Iglesia prohibió hablar de la repudiada María Magdalena, su historia tuvo que empezar a transmitirse por canales más discretos... canales llenos de metáforas y simbolismo.

—Claro. El mundo de las artes.

Langdon se acercó a la reproducción de La última cena.

—Un ejemplo perfecto. Algunas de las más destacadas obras pictóricas, literarias y musicales nos hablan secretamente de la historia de María Magdalena y de Jesús.

Langdon se refirió brevemente a las obras de Leonardo da Vinci, de Botticelli, de Poussin, de Bernini, de Mozart, de Víctor Hugo. En todas latía el intento por restaurar el culto a la prohibida divinidad femenina. Leyendas clásicas como las de Sir Gawain y el Caballero Verde, el Rey Arturo o la Bella Durmiente eran alegorías del Grial. El jorobado de Notre Dame, de Víctor Hugo, y La flauta mágica de Mozart estaban llenas de simbología masónica y de secretos.

—Una vez abrimos los ojos al Santo Grial —dijo Langdon— lo captamos por todas partes. En pinturas, en piezas musicales, en libros. Hasta en los dibujos animados, en los parques temáticos, en las películas mas populares.

Langdon le enseñó su reloj de Mickey Mouse y le dijo que Walt Disney había dedicado su plácida existencia a trabajar para transmitir la historia del Santo Grial a las futuras generaciones. A lo largo de toda su vida a Disney lo consideraron siempre como «una versión moderna de Leonardo». Los dos se adelantaron mucho a su tiempo los dos fueron artistas extraordinariamente dotados, miembros de sociedades secretas y notorios bromistas. Al igual que en el caso de Leonardo, a Walt Disney le encantaba incluir mensajes ocultos y símbolos en sus obras. Para el ojo entrenado del experto en simbología ver alguna de las primeras películas de Disney era quedar sepultado bajo un alud de alusiones y metáforas.

La mayor parte de sus mensajes trataban de la religión, de la mitología pagana y de las historias de la diosa sometida. No es casualidad que retomara los cuentos de la Cenicienta, la Bella Durmiente y Blancanieves; en las tres se trata el tema de la encarcelación de la divinidad femenina. Además, a nadie le hace falta saber mucho de simbología para entender que Blancanieves —una princesa que cayó en desgracia tras darle un bocado a una manzana envenenada— representa una clara alusión a la caída de Eva en el Jardín del Edén. Ni que la princesa Aurora de La Bella Durmiente —«Rosa», en nombre clave, y escondida en la espesura del bosque para protegerse de las garras de la bruja malvada, es la historia del Grial contada a los niños.

A pesar de su imagen de seriedad corporativa, la factoría Disney ha mantenido siempre ese elemento fresco y desenfadado, y los creadores se divierten incorporando símbolos secretos a sus producciones. Langdon no olvidará nunca el día en que uno de sus alumnos le trajo un DVD de El rey león y detuvo la película en un fotograma en el que se leía claramente la palabra SEXO escrita con partículas de polvo sobre la cabeza de Simba, el protagonista. Aunque la primera reacción de Langdon fue atribuirla más a una broma adolescente del dibujante que a una alusión ilustrada a la sexualidad pagana, había aprendido a no desestimar el simbolismo de Disney. La Sirenita, por ejemplo, era un cautivador tapiz de símbolos espirituales relacionados hasta tal punto con la diosa que no podía ser obra del azar.

La primera vez que Langdon vio la película se quedó boquiabierto al comprobar que el cuadro que decora el hogar submarino de Ariel no es otro que Magdalena Penitente, la famosa pintura de Georges de la Tour del siglo XVII, un homenaje a la denostada María Magdalena, muy adecuado, por otra parte, teniendo en cuenta que la película resultaba ser un collage de noventa minutos con descaradas referencias simbólicas a la santidad perdida de Isis, de Eva, de Piscis, la diosa pez y, reiteradamente, de María Magdalena. El nombre de la sirenita, Ariel, poseía estrechos vínculos con la divinidad femenina, y en el Libro de Isaías era sinónimo de «La ciudad santa sitiada». Estaba claro, además, que el hecho de que la sirenita fuera pelirroja tampoco era casual.

27 mayo 2006

The Da Vinci Code (fragments) (3ra Parte)

Teabing cogió el libro y empezó a pasar páginas.

—Y antes de pasar a enseñarle las pinturas de Leonardo da Vinci en las que aparece el Santo Grial, me gustaría que le echara un vistazo a esto. —Abrió el libro por donde se mostraba una reproducción a dos páginas—. Supongo que reconoce este fresco.

«Debe de estar de broma.» Sophie estaba contemplando el fresco más famoso de todos los tiempos, La última cena, la legendaria pintura que Leonardo había hecho en una pared de Santa María delle Grazie, en Milán. La deteriorada obra mostraba a Jesús en el momento en que anunciaba a sus discípulos que uno de ellos lo traicionaría.

—Lo conozco, sí.

—Entonces tal vez quiera participar en un pequeño juego. Cierre los ojos, si es tan amable.

Insegura, le obedeció.

—¿Dónde está sentado Jesús? —le preguntó Teabing.

—En el centro.

—Bien. ¿Y qué están partiendo y comiendo él y sus discípulos?

—Pan. «Evidentemente.»

—Fantástico. ¿Y qué beben?

—Vino. Bebían vino.

—Muy bien. Sólo una pregunta más. ¿Cuántas copas de vino hay sobre la mesa?

Sophie se quedó en silencio, consciente de que esa era la pregunta con trampa. «Y dando gracias tomó el cáliz y lo compartió con sus discípulos.»

—Una —dijo. «La copa de Cristo. El Santo Grial.»—. Jesús les pasó un solo cáliz, igual como hacen hoy en día los cristianos durante la comunión.

Teabing suspiró.

—Abra los ojos.

Sophie obedeció y vio que Teabing sonreía burlón. Miró la pintura y para su asombro vio que todos tenían una copa delante, incluido Jesús. Trece Copas. Es más, las copas eran en realidad unos vasos de vidrio muy pequeños, sin pie. En aquel fresco no había cáliz. No había Santo Grial.

A Teabing le brillaban los ojos.

—Un poco raro, ¿no le parece?, teniendo en cuenta que tanto la Biblia como la leyenda establecida sobre el Grial consideran que ese momento es el de la entrada en escena del Cáliz Sagrado. Y resulta que a Leonardo va y se le olvida pintarlo.

—Seguro que los estudiosos del arte tienen que haberse dado cuenta.

—Le sorprendería saber la gran cantidad de anomalías que Leonardo incluyó en esta obra y que los estudiosos o bien no ven o sencillamente prefieren ignorar. En realidad, en este fresco se encuentran todas las claves para entender el misterio del Santo Grial. En La última cena Leonardo lo aclara todo.

Sophie se puso a estudiar aquella reproducción con avidez.

—¿Este fresco nos dice lo que es el Grial en realidad?

—No lo que es —susurró Teabing—. Más bien quién es. El Santo Grial no es una cosa. En realidad es... una persona.


(...)

El «estudio» de Teabing no se parecía a ningún otro que Sophie hubiera visto. Seis o siete veces mayor que cualquier lujoso despacho profesional, el cabinet de travail de aquel caballero parecía un híbrido entre el laboratorio de un científico, la zona de archivos de una biblioteca y un mercadillo cerrado. Iluminado por tres lámparas de araña, el vasto suelo embaldosado estaba salpicado aquí y allá de mesas de trabajo ocultas tras montañas de libros, objetos artísticos, artefactos y una sorprendente variedad de aparatos electrónicos: ordenadores, proyectores, microscopios, fotocopiadoras y escáneres.

—Esto antes era el salón de baile —dijo Teabing con cara de pena mientras entraba en aquella estancia—. No tengo muchas ocasiones de bailar.

Sophie sentía que toda aquella noche se había convertido en una especie de dimensión desconocida en la que nada era lo que esperaba que fuera.

—¿Y todo esto es para su trabajo?

—La búsqueda de la verdad se ha convertido en el amor de mi vida —dijo Teabing—. Y el Sangreal en mi amante favorita.

«El Santo Grial es una mujer», pensó Sophie con un mosaico de ideas mezcladas en la mente que parecían no tener sentido.

—Y dice que tiene un retrato de la mujer que, según asegura, es en realidad el Santo Grial.

—Sí, pero no es que lo asegure yo. Cristo en persona lo afirmó.

—¿En cuál de los cuadros está? —preguntó Sophie recorriendo las paredes con la mirada.

—Mmm... —Sir Leigh hizo como que no se acordaba—. El Santo Grial. El Sangreal, el Cáliz. —Se volvió bruscamente y apuntó a la pared del fondo. Sobre él colgaba una reproducción de dos metros de La última cena, la misma imagen que acababa de ver en el salón—. Ahí está.

Sophie estaba segura de que se había perdido algo.

—Pero si es la misma obra que acaba de enseñarme.

Teabing le guiñó un ojo.

—Ya lo sé, pero la ampliación es mucho más interesante, ¿no cree?

Sophie se volvió para mirar a Langdon.

—Me he perdido.

Langdon sonrió.

—Resulta que sí, que después de todo el Santo Grial sí aparece en La última cena. Leonardo le reservó un espacio prominente.

—Un momento —interrumpió Sophie—. Me acabáis de decir que el Santo Grial es una mujer. Y en La última cena aparecen trece hombres.

—¿Seguro? —dijo Teabing arqueando las cejas—. Fíjese bien.

Titubeante, Sophie se acercó más a la pintura y miró con detalle las trece figuras, Jesús en el medio, seis discípulos a la izquierda y seis a la derecha.

—Todos son hombres —dijo al fin.

—¿Ah, sí? ¿Y qué me dice del que está sentado en el puesto de honor, a la derecha del Señor?

Sophie se fijó en aquella figura, observándola con detenimiento. Al estudiar el rostro y el cuerpo, le recorrió una oleada de desconcierto. Aquella persona tenía una larga cabellera pelirroja, unas delicadas manos entrelazadas y la curva de unos senos. Era, sin duda... una mujer.

—¡Es una mujer! —exclamó.

Teabing se reía.

—Sorpresa, sorpresa. Créame, no es un error. Leonardo sabía pintar muy bien y diferenciaba perfectamente entre hombres y mujeres.

Sophie no podía apartar la vista de aquella mujer sentada junto a Cristo. «En la última cena se supone que había trece hombres. ¿Quién es entonces esa mujer?» Aunque había visto muchas veces aquella pintura, nunca le había llamado la atención aquella evidente disonancia.

—Nadie se fija —dijo Teabing—. Nuestras ideas preconcebidas de esta escena son tan fuertes que nos vendan los ojos y nuestra mente suprime la incongruencia.

—Es un fenómeno conocido como escotoma —añadió Langdon—. El cerebro lo hace a veces con símbolos poderosos.

—Otra razón por la que tal vez se le ha pasado por alto esta mujer —comentó sir Leigh— es que muchas de las fotografías que aparecen en los libros de texto se tomaron antes de 1954, cuando aún había muchos detalles ocultos tras capas de suciedad y de pintura procedente de restauraciones de dudosa calidad, realizadas por manos torpes en el siglo XVIII. Ahora, por fin, el fresco ha vuelto a verse como lo pintó Leonardo, y se ha dejado sólo la capa de pintura que él empleó. Et voilá.

Sophie se acercó más a la imagen. La mujer a la derecha de Jesús era joven y de aspecto puro, con un rostro discreto, un hermoso pelo rojizo y las manos entrelazadas con gesto sereno. «¿Y esta es la mujer capaz de destruir ella sola la Iglesia?»

—¿Y quién es? —preguntó.

—Esa, querida, es María Magdalena.

—¿La prostituta?

A Teabing se le cortó la respiración, como si aquella palabra le hubiera insultado personalmente.

—Magdalena no era eso que dice. Esa desgraciada idea errónea es el legado de una campaña de desprestigio lanzada por la Iglesia en su primera época. Le hacía falta difamar a María Magdalena para poder ocultar su peligroso secreto: su papel como Santo Grial.

—¿Su papel?

—Como he dicho —aclaró Teabing—, la Iglesia primitiva necesitaba convencer al mundo de que Jesús, el profeta mortal, era un ser divino. Por tanto, todos los evangelios que describieran los aspectos , «terrenales» de su vida debían omitirse en la Biblia. Por desgracia para aquellos primeros compiladores, había un aspecto «terrenal» especialmente recurrente en los evangelios: María Magdalena. —Hizo una pausa—. Y, más concretamente, su matrimonio con Jesús.

—¿Cómo dice? —Sophie miró un instante a Langdon.

—Está documentado históricamente. Y no hay duda de que Leonardo tenía conocimiento de ello. En La última cena prácticamente le está gritando al mundo que Jesús y Magdalena son pareja.

Sophie volvió a concentrarse en la reproducción del fresco.

—Fíjese en que uno va vestido casi como reflejo perfecto del otro. —Teabing le señaló a las dos figuras del centro de la obra.

Sophie estaba fascinada. Sí. Las ropas tenían los colores invertidos. Jesús llevaba la túnica roja y la capa azul, mientras María Magdalena llevaba una túnica azul y una capa roja. «El Yin y el Yang.»

—Y si vamos ya a matices más sutiles —añadió Teabing—, vea que Jesús y su esposa aparecen unidos por la cadera e inclinados en direcciones opuestas, como si quisieran crear claramente un espacio negativo entre ellos.

Incluso antes de que sir Leigh le dibujara aquel contorno con el dedo sobre la pintura, Sophie la vio, la inequívoca forma de aquella en el punto focal de la obra. Era el mismo símbolo que Langdon le había dibujado antes como expresión del Grial, del cáliz y del vientre femenino.

—Finalmente —prosiguió Teabing—, si ve a Jesús y a Magdalena como elementos de la composición más que como personas, verá que se le aparece otra figura bastante obvia. —Hizo una pausa—. Una letra del abecedario.

Sophie la vio al momento. En realidad, de pronto era como si ya no viera nada más. Ahí, destacada en el centro de la pintura, surgía el trazo de una enorme y perfecta letra M.

—Demasiada coincidencia, ¿no le parece? —preguntó Teabing.

Sophie estaba maravillada.

—¿Y qué hace ahí?

Sir Leigh se encogió de hombros.

—Los teóricos de las conspiraciones dicen que es la M de matrimonio o de María Magdalena, pero para serle sincero, nadie lo sabe a ciencia cierta. Hay innumerables obras relacionadas con el Santo Grial que contienen esa misma letra oculta de un modo u otro, ya sea en filigranas, en pinturas ocultas debajo de otras o en alusiones compositivas. La más descarada, claro, es la que hay grabada en el altar de Nuestra Señora de París, en Londres, diseñada por un anterior Gran Maestre del Priorato de Sión, Jean Cocteau.

Sophie sopesó la información.

—Reconozco que lo de la M oculta es intrigante, pero supongo que nadie lo pone como prueba de que Jesús y María Magdalena estaban casados. ¡No, norespondió Teabing acercándose a una mesa llena de libros—. Como ya le he dicho antes ese matrimonio está documentado en la historia. Empezó a rebuscar entre los volúmenes—. Es mas, que Jesús fuera un hombre casado es mucho más lógico Lo que es raro es la visión bíblica que tenemos de él como soltero.

—¿Por qué? —preguntó Sophie.

—Porque Jesús era judío —dijo Langdon, adelantándose a Teabing, que seguía sin encontrar el libro que buscaba—, y las pautas sociales durante aquella época prácticamente prohibían que un hombre judio fuera soltero. Según la tradición hebrea, el celibato era censurable y era responsabilidad del padre buscarle una esposa adecuada a sus hijos. Si Jesús no hubiera estado casado, al menos alguno de los evangelios lo habría mencionado o habría ofrecido alguna explicación a aquella soltería excepcional.

Teabing dio finalmente con un ejemplar enorme. Tenía las cubiertas de piel y era de gran tamaño, como uno de esos grandes atlas. En la tapa se leía el título: Los Evangelios Gnósticos. Lo abrió y Langdon y Sophie se acercaron a él para verlo mejor. Sophie veía que contenía fotografías de lo que parecían ser pasajes ampliados de documentos antiguos, papiros deteriorados con textos manuscritos No reconocía la lengua en que estaban escritos, pero en las páginas de la izquierda estaban impresas las traducciones.

Son las copias de los rollos de Nag Hammadi y del Mar Muerto de los que hablaba antes. Los primeros documentos del cristianismo. Curiosamente, no coinciden con los evangelios de la Biblia. —Fue pasando hojas y, más o menos hacia la mitad del libro señaló un párrafo—. El evangelio de Felipe es siempre un buen punto de arranque.

Sophie lo leyó:

Y la compañera del Salvador es María Magdalena. Cristo la amaba más que a todos sus discípulos y solía besarla en la boca. El resto de discípulos se mostraban ofendidos por ellos y le expresaban su desaprobación. Le decían: ¿Por qué la amas más que a todos nosotros?

Aquellas palabras sorprendieron a Sophie, pero aun así no le parecieron concluyentes.

—Aquí no dice nada de que estuvieran casados.

Au contraire —discrepó Teabing, sonriendo y señalándole la primera línea—. Como le diría cualquier estudioso del arameo, la palabra «compañera», en esa época, significaba literalmente «esposa».

Langdon hizo un gesto con la cabeza en señal de asentimiento.

Sophie volvió a leer aquella primera línea. «Y la compañera del Salvador es María Magdalena.»

Teabing pasó más páginas y le señaló otros párrafos en los que, para sorpresa de Sophie, se daba a entender de manera clara que Magdalena y Jesús mantenían una relación sentimental.


(...)

Sir Leigh Teabing seguía hablando.

—No quiero aburrirla con las incontables referencias a la unión de Jesús y Magdalena. Eso ya lo han explorado ad nauseam los historiadores modernos. Sin embargo, sí quiero señalarle algo. —Buscó otro párrafo—. Esto es del evangelio de María Magdalena.

Sophie desconocía que existiera un evangelio con las palabras de María Magdalena. Leyó el texto:

Y Pedro dijo: «¿Ha hablado el Salvador con una mujer sin nuestro conocimiento? ¿Debemos darnos todos la vuelta y escucharla? ¿La prefiere a nosotros?»

Y Levi respondió: «Pedro, siempre has sido muy impetuoso. Ahora te veo combatiendo contra la mujer como contra un adversario. Si el Salvador la ha hecho digna, ¿quién eres tú para rechazarla? Seguro que el Salvador la conoce muy bien.

Por eso la amaba más que a nosotros.»

—La mujer de la que hablan —aclaró Teabing—, es María Magdalena. Pedro sentía celos de ella.

—¿Porque Jesús la prefería?

—No sólo por eso. La cosa iba mucho más allá del mero afecto. En ese pasaje de los evangelios, Jesús intuye que pronto lo capturarán y lo crucificarán. Y le da a María Magdalena instrucciones para que ponga en marcha la Iglesia una vez Él ya no esté. En consecuencia, Pedro expresa su descontento por tener que ser el segundón de una mujer. Me atrevería a decir que Pedro era un poco machista.

Sophie intentaba no perderse.

—Están hablando de San Pedro. La piedra sobre la que Jesús construyó Su Iglesia.

—El mismo, salvo por un detalle. Según estos evangelios no manipulados, no fue a Pedro a quien Jesús encomendó crear la Iglesia cristiana. Fue a María Magdalena.

Sophie se lo quedó mirando.

—¿Me está diciendo que la Iglesia debía ser dirigida por una mujer?

—Sí, ese era el plan. Jesús fue el primer feminista. Pretendía que el futuro de Su Iglesia estuviera en manos de María Magdalena.

—Y a Pedro no le hacía demasiada gracia —intervino Langdon, señalando La última cena. Este de aquí es él. Se nota que Leonardo da Vinci era muy consciente de lo que el apóstol sentía por María Magdalena.

Una vez más, Sophie se quedó muda. En la obra, Pedro se inclinaba con ademán amenazador sobre María Magdalena y le ponía la mano en el cuello como si fuera una cuchilla. ¡El mismo gesto de amenaza que en La Virgen de las rocas’.

—Y aquí también —comentó Langdon, señalando ahora al grupo de discípulos que rodeaban a Pedro—. Un poco descarado, ¿no crees?

Sophie entornó los ojos y vio que de aquel grupo emergía una mano.

—¿Qué es lo que sujeta esa mano? ¿Una daga?

—Sí, y lo que es todavía más raro es que si se cuentan los brazos, esa mano no es de nadie. Carece de cuerpo. Es anónima.

Sophie empezaba a sentirse superada por todo aquello.

—Lo siento, pero sigo sin ver de qué manera todo esto convierte a María Magdalena en el Santo Grial.

—¡Aja! —exclamó Teabing de nuevo—. Ahí está el problema

—Se acercó de nuevo a la mesa y levantó una especie de diagrama grande. Lo extendió delante de ella. Era una genealogía muy elaborada—. Son pocos los que saben que María Magdalena, además de ser la mano derecha de Jesús, ya era una mujer con poder.

Sophie se fijó en el encabezamiento de aquel árbol genealógico.

LA TRIBU DE BENJAMÍN

—María Magdalena está aquí —dijo Teabing señalando un punto en la parte alta del árbol.

Sophie mostró su sorpresa.

—¿Pertenecía a la Casa de Benjamín?

—Sin duda. María Magdalena descendía de reyes.

—Pero yo siempre había creído que era pobre.

Teabing negó con la cabeza.

A Magdalena la hicieron pasar por ramera para eliminar las pruebas que demostraban sus poderosos lazos familiares.

Una vez más miró a Langdon, y una vez más éste asintió sin decir nada.

—Pero ¿qué había de importarle a la Iglesia primitiva que tuviera sangre real?

El inglés sonrió.

—Querida, no era su sangre lo que preocupaba a la Iglesia, sino su matrimonio con Jesús, que también descendía de reyes. Como sabrá, en el Evangelio según san Mateo se nos dice que Cristo pertenecía a la Casa de David, que era descendiente del rey Salomón, rey de los judíos. Al emparentar con la poderosa Casa de Benjamín, Jesús unía las dos líneas de sangre, creando una fuerte unión política capaz de reclamar legítimamente el trono y restaurar la línea sucesoria de los reyes tal como existía en tiempos de Salomón.

Sophie intuyó que por fin estaba llegando al quid de la cuestión.

Teabing parecía muy alterado.

—La leyenda del Santo Grial es una leyenda sobre la sangre real. Cuando se dice que el Grial es «el cáliz que contenía la sangre de Cristo»... se está hablando, en realidad, de María Magdalena, del vientre femenino que perpetuaba la sangre real de Cristo.

Las palabras parecieron resonar con un eco por el antiguo salón de baile antes de que Sophie captara totalmente su significado. «¿María Magdalena perpetuaba la sangre real de Cristo?»

—Pero ¿cómo iba a perpetuarse Jesús, a menos que...?

Se detuvo y observó a Langdon.

Langdon sonrió.

—A menos que tuvieran un hijo.

Sophie se quedó helada.

—Ya ve —dijo Teabing—. La verdad mejor disimulada de toda la historia de la humanidad. Jesús no sólo estaba casado, sino que era padre. Y, querida mía, María Magdalena era el Santo Receptáculo. Era el cáliz que contenía la sangre real de Jesús. Era el vientre que perpetuaba el linaje, y el vino que garantizaba la continuidad del fruto sagrado.

Sophie notó que se le ponía la carne de gallina.

—Pero ¿cómo se puede mantener oculto tantos años un secreto tan importante?

—¡Por Dios! —dijo Teabing—. Oculto precisamente no ha estado. La perpetuación de la sangre de Cristo ha sido el origen de la leyenda más duradera de todos los tiempos: la del Santo Grial. Desde hace siglos, la historia de María Magdalena se ha gritado a los cuatro vientos en todo tipo de metáforas y en todos los idiomas posibles. A poco que se tengan los ojos abiertos, se ve por todas partes.

—¿Y los documentos del Sangreal? —preguntó Sophie—. ¿Contienen la prueba de que Jesús tenía sangre real?

—Sí.

—Entonces, ¿toda la leyenda del Santo Grial es en realidad sobre la sangre real de Cristo?

—Y bastante al pie de la letra, además. La palabra Sangreal puede descomponerse, como se hace habitualmente, para formar las palabras San Greal. Pero en su forma más antigua la división se hacía de otro modo.

Teabing cogió un trozo de papel, escribió algo y se lo entregó.

Sang Real

Sang Real significaba, literalmente, Sangre Real.

25 mayo 2006

The Da Vinci Code (fragment) (2da Parte)

Sentada en el diván, junto a Langdon, Sophie se tomó el té y una galleta, y notó los efectos reparadores de la cafeína y el azúcar. Sir Leigh Teabing parecía estar feliz mientras caminaba de un lado a otro, frente a la chimenea, produciendo un chirrido metálico con los hierros que llevaba en las piernas.

—El Santo Grial —dijo con voz de sermón—. La mayoría de gente sólo quiere saber dónde se encuentra. Y me temo que esa sea una pregunta que no llegaré a responder nunca. Sin embargo —añadió mirando a Sophie a los ojos—, es mucho más importante preguntarse qué es el Santo Grial.

Sophie detectaba en sus dos acompañantes masculinos un aire creciente de expectación académica.

—Para comprender plenamente el Grial —prosiguió Teabing— debemos primero entender la Biblia. ¿Cómo anda de conocimientos sobre el Nuevo Testamento?

Sophie se encogió de hombros.

—Pues muy mal. Mi educación se debe a un hombre que adoraba a Leonardo da Vinci.

A Teabing, aquel comentario le sorprendió y le gustó a partes iguales.

—Un espíritu iluminado. ¡Magnífico! Entonces sabrá que Leonardo fue uno de los guardianes del secreto del Santo Grial. Y que en sus obras nos dejó algunas pistas.

—Sí, Robert me lo ha contado.

—¿Y qué sabe usted de los puntos de vista de Leonardo sobre el Nuevo Testamento?

—Nada.

A Teabing se le iluminaron los ojos cuando se acercó a la librería que había en el otro lado de la sala.

—Robert, ¿serías tan amable? En el estante de abajo. La Storia di Leonardo.

Langdon se fue hasta la librería, cogió el libro y lo dejó en la mesa. Teabing lo abrió, mostrándoselo a Sophie, y le señaló algunas de las citas de la solapa.

—«De las polémicas y las especulaciones de los cuadernos de Leonardo» —leyó sir Leigh—. Creo que este punto le resultará interesante para lo que estamos hablando.

Sophie leyó lo que seguía.

«Muchos han comerciado con ilusiones

Y falsos milagros, engañando a la estúpida multitud.»

LEONARDO DA VINCI

—Y aquí tiene otra —insistió Teabing señalando la solapa.

«La cegadora ignorancia nos confunde.

¡Oh, Miserables mortales, abrid los ojos!»

LEONARDO DA VINCI

Sophie sintió un ligero escalofrío.

—¿Leonardo da Vinci se refiere a la Biblia?

Teabing asintió.

—Las opiniones de Leonardo sobre la Biblia están en relación directa con el Santo Grial. En realidad, él pintó el verdadero Grial, que le voy a enseñar enseguida, pero primero debemos hablar de la Biblia. —Sonrió—. Todo lo que le hace falta saber sobre ese libro puede resumirse con las palabras del gran doctor en derecho canónico Martyn Percy. —Teabing carraspeó antes de proseguir—: «La Biblia no nos llegó impuesta desde el cielo.»

—¿Cómo dice?

—La Biblia es un producto del hombre, querida. No de Dios. La Biblia no nos cayó de las nubes. Fue el hombre quien la creó para dejar constancia histórica de unos tiempos tumultuosos, y ha evolucionado a partir de innumerables traducciones, adiciones y revisiones. La historia no ha contado nunca con una versión definitiva del libro.

—Le sigo.

—Jesús fue una figura histórica de inmensa influencia, tal vez el líder más enigmático e inspirador que ha tenido nunca la humanidad. En tanto que encarnación mesiánica de las profecías, Jesús derrocó a reyes, inspiró a millones de personas y fundó nuevas filosofías. Como descendiente de las familias del rey Salomón y el rey David, Jesús estaba legitimado para reclamar el trono del monarca de los judíos. Es comprensible que miles de seguidores de su tierra quisieran dejar constancia escrita de su vida. —Teabing se detuvo para darle un sorbo al té y dejó la taza en la repisa de la chimenea—. Para la elaboración del Nuevo Testamento se tuvieron en cuenta más de ochenta evangelios, pero sólo unos acabaron incluyéndose, entre los que estaban los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

—¿Y quién escogió cuáles debían incluirse? —preguntó Sophie.

—¡Aja! —exclamó Teabing con entusiasmo—. Ya hemos llegado a la ironía básica del cristianismo. La Biblia, tal como la conocemos en nuestros días, fue supervisada por el emperador romano Constantino el Grande, que era pagano.

—Yo creía que Constantino era cristiano —intervino Sophie.

—Sólo un poquito —soltó Teabing burlón—. Fue pagano toda su vida y lo bautizaron en su lecho de muerte, cuando ya estaba demasiado débil como para oponerse. En tiempos de Constantino, la religión oficial de Roma era el culto al Sol, al Sol Invictus, el Sol invencible, y Constantino era el sumo sacerdote. Por desgracia para él, en Roma había cada vez más tensiones religiosas. Tres siglos después de la crucifixión de Jesús, sus seguidores se habían multiplicado de manera exponencial. Los cristianos y los paganos habían empezado a guerrear, y el conflicto llegó a tal extremo que amenazaba con partir el imperio en dos. Constantino decidió que había que hacer algo. En el año 325 decidió unificar Roma bajo una sola religión: el cristianismo.

Sophie le miró sorprendida.

—¿Y por qué tenía que escoger un emperador pagano el cristianismo como religión oficial?

Teabing dejó escapar una risita.

—Constantino era muy buen empresario. Veía que el cristianismo estaba en expansión y, simplemente, apostó por un caballo ganador. Los historiadores siguen maravillándose de su capacidad para convertir a la nueva religión a unos paganos adoradores del sol. Con la incorporación de símbolos paganos, fechas y rituales a la creciente tradición cristiana, creó una especie de religión híbrida que pudiera ser aceptada por las dos partes.

—Transformación mágica —dijo Langdon— Los vestigios de la religión pagana en la simbología cristiana son innegables. Los discos solares de los egipcios se convirtieron en las coronillas de los santos católicos. Los pictogramas de Isis amamantando a su hijo Horus, concebido de manera milagrosa, fueron el modelo de nuestras modemás imágenes de la Virgen María amamantando al niño Jesús. Y prácticamente todos los elementos del ritual católico, la mitra, el altar, la doxología y la comunión, el acto de «comerse a Dios», se tomaron de ritos mistéricos de anteriores religiones paganas.

Teabing emitió un gruñido en señal de aprobación.

—Los simbologistas no acabarían nunca de estudiar la iconografía cristiana. Nada en el cristianismo es original. El dios precristiano

Mitras, llamado «hijo de Dios y Luz del Mundo», nació el veinticinco de diciembre, fue enterrado en una tumba excavada en la roca y resucitó al tercer día. Por cierto, el veinticinco de diciembre también es el cumpleaños de Osiris, de Adonis y de Dionisos. Al recién nacido Krishna le regalaron oro, incienso y mirra. Hasta el semanal día del Señor de los cristianos es una idea que tomaron prestada de los paganos.

—¿Cómo es eso?

—Originalmente —apuntó Langdon—, los cristianos respetaban el sabath de los judíos, el sábado, pero Constantino lo modificó para que coincidiera con el día de veneración pagana al sol. —Se detuvo un instante, sonriendo—. Hasta nuestros días, la mayoría de feligreses acude a la iglesia los domingos sin saber que están allí para rendir su tributo semanal al dios pagano del sol.

A Sophie la cabeza empezaba a darle vueltas.

—¿Y qué tiene que ver todo esto con el Grial?

—Mucho —dijo Teabing—. Durante esa fusión de religiones, a Constantino le hacía falta fortalecer la nueva tradición cristiana, y ordenó la celebración del famoso concilio ecuménico de Nicea.

Sophie sólo había oído hablar de él como lugar de nacimiento del credo niceno.

—Durante ese encuentro —prosiguió Teabing—, se debatió y se votó sobre muchos aspectos del cristianismo, la fecha de la Pascua, el papel de los obispos, la administración de los sacramentos y, por supuesto, la divinidad de Jesús.

—No lo entiendo. ¿Su divinidad?

—Querida —declaró sir Leigh—, hasta ese momento de la historia, Jesús era, para sus seguidores, un profeta mortal... un hombre grande y poderoso, pero un hombre, un ser mortal.

—¿No el Hijo de Dios?

—Exacto. El hecho de que Jesús pasara a considerarse «el Hijo de Dios» se propuso y se votó en el Concilio de Nicea.

—Un momento. ¿Me está diciendo que la divinidad de Jesús fue el resultado de una votación?

—Y de una votación muy ajustada, por cierto —añadió Teabing—. Con todo, establecer la divinidad de Cristo era fundamental para la posterior unificación del imperio y para el establecimiento de la nueva base del poder en el Vaticano. Al proclamar oficialmente a Jesús como Hijo de Dios, Constantino lo convirtió en una divinidad que existía más allá del alcance del mundo humano, en una entidad cuyo poder era incuestionable. Así no sólo se sofocaban posibles amenazas paganas al cristianismo, sino que ahora los seguidores de Cristo sólo podían redimirse a través de un canal sagrado bien establecido: la Iglesia católica apostólica y romana.

Sophie miró a Langdon, que movió ligeramente la cabeza en señal de asentimiento.

—En el fondo era todo una cuestión de poder —añadió Teabing—. Que Cristo fuera el Mesías era fundamental para el funcionamiento de la Iglesia y el Estado. Son muchos los estudiosos convencidos de que la Iglesia primitiva usurpó literalmente a Jesús de sus seguidores, secuestrando Su verdadero mensaje, cubriéndolo con el manto impenetrable de la divinidad y usándolo para expandir su propio poder. Yo mismo he escrito varios libros sobre el tema.

—Y supongo que los cristianos más recalcitrantes no habrán dejado de enviarle mensajes diarios de protesta.

—¿Por qué tendrían que hacerlo? —objetó Teabing—. La gran mayoría de los cristianos con formación conoce la historia de su fe. Jesús fue sin duda un hombre muy grande y poderoso. Las maniobras políticas soterradas de Constantino no empequeñecen la grandeza de la vida de Cristo. Nadie dice que fuera un fraude ni niega que haya inspirado a millones de personas para que vivan una vida mejor. Lo único que decimos es que Constantino se aprovechó de la gran influencia e importancia de Jesús y que, al hacerlo, le dio forma al cristianismo, convirtiéndolo en lo que es hoy.

Sophie le echó un vistazo al libro que estaba sobre la mesa, impaciente por ver la pintura de Leonardo da Vinci en la que aparecía el Santo Grial.

—Pero la cuestión es la siguiente —prosiguió Teabing hablando más deprisa—. Como Constantino «subió de categoría» a Jesús cuatro siglos después de su muerte, ya existían miles de crónicas sobre Su vida en las que se le consideraba un hombre, un ser mortal. Para poder reescribir los libros de historia, Constantino sabía que tenía que dar un golpe de audacia. Y ese es el momento más trascendental de la historia de la Cristiandad. —Hizo una pausa y miró a Sophie a los ojos—. Constantino encargó y financió la redacción de una nueva Biblia que omitiera los evangelios en los que se hablara de los rasgos «humanos» de Cristo y que exagerara los que lo acercaban a la divinidad. Y los evangelios anteriores fueron prohibidos y quemados.

—Un inciso interesante —dijo Langdon—. Todo el que prefería los evangelios prohibidos y rechazaba los de Constantino era tachado de hereje. La palabra «herético» con el sentido que conocemos hoy, viene de ese momento de la historia. En latín, hereticus significa «opción». Los que optaron por la historia original de Cristo fueron los primeros «herejes» que hubo en el mundo.

—Por suerte para los historiadores —prosiguió Teabing—, algunos de los evangelios que Constantino pretendió erradicar se salvaron. Los manuscritos del Mar Muerto se encontraron en la década de 1950 en una cueva cercana a Qumrán, en el desierto de Judea. Y también están, claro está, los manuscritos coptos hallados en Nag Hammadi en 1945. Además de contar la verdadera historia del Grial, esos documentos hablan del ministerio de Cristo en términos muy humanos. Evidentemente, el Vaticano, fiel a su tradición oscurantista, intentó por todos los medios evitar la divulgación de esos textos. Y con razón. Porque con ellos se quedaban al descubierto maquinaciones y contradicciones y se confirmaba que la Biblia moderna había sido compilada y editada por hombres que tenían motivaciones políticas; proclamar la divinidad de un hombre, Jesucristo, y usar la influencia de Jesús para fortalecer su poder.

—Aun así —expuso Langdon—, es importante tener en cuenta que los intentos de la Iglesia moderna para acallar esos documentos nacen de una creencia sincera en su visión de Cristo. El Vaticano está integrado por unos hombres muy píos que creen de buena fe que esos documentos sólo pueden ser falsos testimonios.

Teabing soltó una carcajada y se sentó en una butaca, frente a Sophie.

—Como ve, nuestro profesor transige mucho más con Roma que yo. Sin embargo, tiene razón cuando dice que el clero moderno está convencido de que esos documentos son falsos testimonios. Y es comprensible. La Biblia de Constantino ha sido su verdad durante siglos. Nadie está más adoctrinado que el propio adoctrinador.

—Lo que quiere decir —aclaró Langdon— es que adoramos a los dioses de nuestros padres.

—Lo que quiero decir —cortó Teabing— es que casi todo lo que nuestros padres nos han enseñado sobre Jesús es falso. Igual que las historias sobre el Santo Grial.

Sophie se fijó en la cita de Leonardo que tenía delante.

«La cegadora ignorancia nos confunde. ¡Oh, Miserables mortales, abrid los ojos!»